La semilla de lo que más tarde se convertiría en Verdi empezó a germinar hace más de treinta años cuando Carlos Vera, buscando la forma de crear con fibras colombianas un textil parecido al tatami japonés, desarrolló un tejido auténtico de la mano de un experto tejedor de costales de café. Este deseo de innovar honrando la tradición, la fibra autóctona y el arte del telar fue el motor principal de la idea que años después, en 2014, se consolidaba como Verdi. Al darle vida a este taller textil, Tomás, hijo de Carlos, encontró la fórmula para entretejer el legado de su padre con su propia pasión por crear y llevar lo mejor del diseño colombiano a todos los rincones del mundo.

El equipo de Verdi tenía grandes planes para 2020: una vitrina en Saks Fifth Avenue en Nueva York y participar en el Salone del Mobile en Milán, eran algunas de las puertas que se habían abierto y con las que contaban expandir su mercado internacional. Pero a principios de marzo empezaron a ver que se venía una crisis y gracias a su afinado olfato entendieron que esa crisis no sería pasajera. Ante esta realización vino rápidamente la primera reacción: cuidar a la gente, cueste lo que cueste. Tomás nos cuenta que durante las primeras semanas de la contingencia estuvo reflexionando mucho, “hubo un momento en el que tuve mucha claridad sobre la dimensión de la responsabilidad que conlleva tener una nómina de sesenta empleados. En ese instante decidí que otras metas tendrían que esperar y que nuestra prioridad para 2020 sería mantener a toda costa esos sesenta puestos de trabajo”.

Con esta decisión vinieron acciones enfocadas en generar suficiente flujo de ventas para poder seguir pagando a los trabajadores, cumplir a clientes que habían hecho pedidos antes de la pandemia y tomar órdenes de clientes nuevos. Para esto se llevó a todos los empleados lo necesario para que pudieran trabajar desde casa en las mejores condiciones posibles, incluyendo los artesanos, quienes siguieron tejiendo en un taller adaptado a sus lugares de residencia. Por otro lado, el trabajo a distancia hizo latente la necesidad de mejorar la comunicación entre los equipos y de organizar los procesos para hacerlos más eficientes; gracias a que el ritmo de trabajo había disminuido, los empleados y equipos se pusieron en esta labor. 

No es una reacción única de la coyuntura actual que en Verdi hayan buscado las oportunidades en donde hubieran podido ver solo adversidad y le hayan dado la vuelta a cada una de las dificultades que presentó el encierro. ¿Que ya no podemos invitar a los clientes a nuestro showroom? Es el momento de consolidar un sistema digital de ventas que, con o sin pandemia, se hace cada vez más indispensable para moverse en el mercado internacional. ¿Que han disminuido las ventas? Tenemos tiempo para desarrollar nuevos diseños. ¿Que ya no podemos reunirnos con potenciales compradores en los cinco continentes? Es el momento de pulir nuestras comunicaciones y estrategias para contactarlos y consolidar relaciones comerciales que habíamos establecido antes de la crisis. ¿Que ya no nos vemos regularmente con los artesanos en el taller para ponernos al día? Es el momento de fortalecer la comunicación con ellos y de lanzar el boletín mensual –que teníamos represado por falta de tiempo– en el que hablamos de fechas importantes, cumpleaños, actividades recreativas online, comentarios de clientes, indicadores del taller y menciones especiales.

Ese “reinventarse” que se ha puesto tan de moda ya estaba en el ADN de Verdi desde que Carlos Vera acudió a un tejedor de costales para crear un tejido nuevo, desde que experimentó con un telar enriqueciéndolo por primera vez con hilos de cobre hacia el 2000. Esta capacidad de convertir obstáculos en  oportunidades se sumó a lo que Iván Gutiérrez, su gerente general, llama “la magia de Verdi” para alinear a todo el equipo sobre la meta de mantener los sesenta empleos. La magia de Verdi es la pasión y el auténtico amor por este trabajo que une a todos los empleados: “Todos creemos mucho en el proyecto y estamos enamorados de la marca. Hay un legado artesanal colombiano que todos queremos conservar y enaltecer. Este componente emocional aporta al gran valor agregado que ya tienen nuestros productos”, asegura Natalia Zapata, gerente de mercadeo.

Todo empieza desde que se convoca a los candidatos para una vacante. Tomás insiste en la necesidad de tomarse el tiempo de entrevistar a cuántas personas sea necesario hasta dar con alguien que, además de tener conocimiento y habilidad para ocupar el cargo en cuestión, sea comprometido, apasionado y organizado. Durante todo este proceso, Tomás también escucha su intuición, busca alguien con quien tenga ‘feeling’ sabiendo que puede equivocarse, pero dispuesto a correr este riesgo si lo que gana es traer a su equipo a alguien que comparta su pasión.  Una vez contratados, los empleados de Verdi hacen un recorrido por unas oficinas diseñadas teniendo en cuenta que se pasa más tiempo en este lugar que en la propia casa. En el almuerzo que se organiza cada tres meses para que los nuevos integrantes conozcan a todo el equipo, Tomás les cuenta la historia del sueño que tuvo su padre y, desde esos primeros días, les deja claro que el fin principal de la empresa no es monetario sino el deseo de posicionar la marca como un referente de diseño latinoamericano en el mundo. 

Esta cultura se ha fortalecido con el aporte de Iván Gutiérrez quien, desde que llegó a ocupar el cargo de gerente general en octubre de 2019, se propuso crear cohesión entre los  trabajadores de Verdi en torno a los conceptos de Crear y Crecer, que son fundamentales para la marca. Ha trabajado por apoyar a los empleados en la formulación de planes personales que vayan más allá del día a día, invitándolos a ver sus oportunidades de movilidad dentro de un organigrama claro, a ser pluridisciplinarios para descubrir los roles que más les gustan y a trabajar por su realización individual. Estableció un sistema de remuneración variable que los mantiene motivados y evaluaciones semestrales en las que cada persona recibe retroalimentación constructiva, dándole a las cabezas de equipo herramientas para ser mejores líderes.

Otra característica intrínseca de la cultura de Verdi es un fuerte sentido de solidaridad que en estos tiempos ha salido a relucir. Desde las primeras semanas del confinamiento la empresa se sumó a estrategias creativas en las que ha apoyado, no solo a equipos internos y comunidades con las que trabaja, sino también a sus pares en la industria y al país en general. Reestructuraron su operación de confección para producir y donar 3.000 tapabocas a fundaciones, hospitales, cárceles, talleres amigos y particulares; se unieron a otras quince marcas colombianas en una iniciativa liderada por la fundación AIDLIVE para recoger fondos y entregar mercados a artesanos afectados por la crisis en todo el país; a través de su campaña Verdi and Friends, le han dado visibilidad a otras marcas colombianas y latinoamericanas motivando a su robusta comunidad digital (sesenta mil seguidores en Instagram) a seguirlas y apoyarlas; donaron piezas para las campañas Hope in Motion –que recoge fondos para llevar a comunidades vulnerables de Barranquilla– y Páramo X UNICEF y, con su campaña Verdi X Artesanos donaron 15% de algunas de sus ventas digitales a los artesanos que preparan la fibra de fique para Verdi en Curití, Santander.     

En Verdi hay solidaridad, magia, creatividad, respeto y amor por la tradición. Hay productos únicos hechos a mano y de forma sostenible; objetos que se venden a clientes de todo el mundo de forma estratégica, realzando su valor agregado, recordándonos la importancia de hacer de nuestro hogar un refugio. Verdi es un negocio que aprovechó la pandemia para “poner la casa en orden” y alistarla para retomar sus ambiciosos planes para el largo plazo. Y es también un equipo comprometido y resiliente; un equipo unido que, en plena pandemia, alcanzó el mejor mes de ventas en su historia y que –según las proyecciones– también tendrá su mejor año al duplicar sus ventas frente a 2019.